Mis sentimientos se han vestido de Armani para ti, aunque repiten sus mejores galas, hoy las llevan con más estilo que nunca. El mantel espera ansioso, y los platos recién salidos de la cocina, tienen sed de tenedores; la cera, de las velas a medio consumir, se derrama por el mástil hasta alcanzar el candelabro de bronce. La botella de Vino Blanco respira y el cenicero no falta. La melodía del tocadiscos no es nada comparado con la que provocan mis zapatos. El traje está impecable, como recién salido de fábrica. Negro mate, con las solapas en raso. Porto mi corbata azul coral y los gemelos de plata que me regalaste en nuestro aniversario, el primer año. El ver el bote de gomina casi vacío me incita a no pringarme el pelo, seguro que te habría encantado, en la variedad está el gusto. Me rocío de colonia, para ti, tu favorita. ¿Te vuelvo a enamorar si te digo que esta noche mis ojos brillan más mientras te espero? Después de aguardar los diez minutos de cortesía sumados a la media hora de retraso, llamas a la puerta. Al verte aparecer con vaqueros y camiseta, mi expresión pasa a un tono pálido, soy lo más parecido a un fantasma trajeado.
Tres palabras, solo tres para hundirme en las entrañas de la tierra. 'Tenemos que hablar' dices, y ni siquiera has puesto un pie en mi tablero. Ya sabes lo que viene después, o por lo menos, creo que lo recuerdas a la perfección. Las velas siguen llorando, y sus lágrimas han llegado a tocar el mantel; los platos llevan más de una semana en la mesa, cultivando vida; ¿y el Vino Blanco? Ha acabado por agotársele la respiración, evaporándose hasta llegar al techo. Mi cárcel es un caos a lo que yo llamo orden.
Llevo más de media hora en ese antro al que todos acudimos para pensar, y ahogarnos hasta sacar ideas en claro. En este instante ni una ducha caliente me quita el frío, mis articulaciones están cristalizadas, mi cara estática, casi del todo paralizada, y hierática. Sentado en la madera de teca, sujetándome las piernas y la cabeza, apoyada en las rodillas, mi corazón cada vez va más lento, y mi boca tiene un matiz salado.
Las chispas de agua que caen, son como jeringuillas clavándose en mi espalda. El dolor es insoportable, ni siquiera salgo del baño, pero voy al botiquín atendiendo a no resbalarme, aunque por lo visto eso ya no me importa, ni a mí, ni a ti. Soy tan idiota que he decidido tirar la toalla, manchada de sangre antes de tiempo, tengo la solución a mi problema delante. Ya he cogido el envase de Lorazepam, voy a desenroscar la tapa. Creo que con unas 10 tengo suficiente. Van de dos en dos, y el aroma a plástico sube a mi cabeza hasta marearme; ya están todas. Me estoy mirando al espejo, solo queda esperar, pero prefiero hacerlo tumbado. Con el bote en la mano, introduzco un par más para agilizar el proceso, y antes de tragar... Yazgo postrado en el catre, totalmente desnudo, con el recipiente de antidepresivos en mi mano derecha y las pastillas esparcidas por el suelo. Mis constantes vitales son nulas. De fondo, una balada triste y sangrante que se lleva mi depresión para siempre.

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