Número 36, calle Manzana, justo al lado de Plaza de España, para los ignorantes. En tu bombonera encontrabas de todo menos el sonajero que usamos para abrir puertas. Bien. Estaban dentro del paquete de Nóbel. Tres minutos de reloj para poder encajar la llave, con girarla pisarías tu terreno. Un 4º sin ascensor no conviene estando ebrio, tuviste que tomártelo con calma. Dejabas la pared tiznada con el roce de los zapatos sujetados por tus manos, a mi parecer, perfectas. Primer piso, segundo, tercero. Chocándote con las paredes, pensabas que tu vida era un continuo banco vacío hasta de aire. Subías con desgana los escalones de piedra, desgastados, es un edificio del Madrid Antiguo. Pizcas de agua salada salpicaban tus mejillas, que iban arrastrando el rímel. Era un llanto silencioso, pero contundente, nunca te había visto así. No podías más, le suplicabas a la pared clemencia, con el lado izquierdo de la cara apoyada en esta. Deslizándote hasta abajo, hasta llegar al suelo congelado. Esperabas su respuesta, lo sé, pero no llegaba, y en realidad nunca llegó. Se fue sin despedirse, sin dejar rastro, pero sí huella. Huella que no se iba a quebrantar ni con las tormentas de verano. Y una despedida así aumentaba cada vez más tu hemorragia interna, aunque la suerte no te acompañaba. La única ética en este mundo cruel es el azar. Vivir de las esperanzas nunca ha sido bueno, querida. Cíñete a lo que conoces, y no te ahogues en una botella, desahógate conmigo. Lo correcto no siempre es lo mejor, y aunque sé y sabes que hay que mucho que contarle al que te mantuvo entre la espada y la pared, olvídalo, ya no te va a aliviar. Hoy los días son grises, pero si quieres puedes pintarlos. Mírate al espejo, ¿ves a la chica de la sonrisa rota? Acércate a ella y dile que algún día la querrán.Remite: Tu subconsciente.
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