Es viernes, último día laboral. Me voy a trabajar, corro el riesgo de que me despidan. Cojo todo tan rápido que creo que se me olvida algo. Estoy en un atasco, voy a llegar tarde, pero ya he avisado a la empresa. No llevo relojes, me sirvo del digital del coche. Busco aparcamiento, he tenido suerte, al lado de la puerta. Tengo ya colocado todo en mi escritorio, pero no está el móvil, mierda, me lo he dejado en el otro abrigo. Aguanto a duras penas la jornada, necesito llegar a casa ya. Encima tengo trabajo atrasado del resto de la semana, bueno, lo haré el sábado. Me voy lo más deprisa posible, corro, subo las escaleras hasta el tercer piso, recorro el pasillo de la planta mirando al suelo, como de costumbre. Una figura masculina está esperando en mi puerta 'Me he escapado del trabajo, dije que tenía gripe'. Vaya dos tontos con la misma excusa. No sé cómo ni cuándo se había enterado de dónde vivía, pero no quería preguntas, solo estar con él.
Ahora toca describirle, a parte de que me hizo la cena, era un tipo alto, moreno, con gomina en el tupé como en los años 70, tenía los ojos verdes, acechantes pero muy sutiles y un piercing en el suroeste de su labio inferior. Hoy traía un vaquero negro, con una camiseta interior blanca, unas botas y una chupa de cuero. Lo que había podido apreciar de su carácter, eran sus ganas de vivir, su motivación diaria, era maestro en escucha, y tenía una labia insuperable. ¿Defectos? Si consideráis el misterio como un defecto, atribuídselo.
Después de la cena, peli, palomitas y sofá. Saqué una botella de Vodka y jugamos al "Yo nunca".
Diferentes tragos, cortos. Aún no coincidimos en ninguno. Me toca hablar a mí, ya sé que voy a decir. 'Me he enamorado alguna vez', nuestras manos agarraron el cuello de la botella al mismo tiempo y nuestras miradas se cruzaron. Era una mezcla entre respeto y deseo, con predominio en el segundo. Mi mano que sujetaba la botella se deslizó por su brazo, continuó por su cuello, y llegando a su cara, con la yema de mi dedo índice le rocé los labios. De fondo sonaba 'She will be loved', qué ironía. La distancia entre nuestros ojos, era cada vez menor, y cada centímetro que se acercaba, me embriagaba su olor, 'One Million', inconfundible. Ya no había espacio, le mordí el labio inferior, y no opuso más resistencia. Sonrisas cómplices se escapaban, eran los únicos testigos. No obedecimos a instintos, solo éramos humanos, más humanos que nunca. Después de ese día, las citas se repitieron día sí y día también. Creía que había completado mi vida, y creí bien. Me despedí de mi trabajo anterior y me contrató en su pub. Somos jóvenes, ha pasado tiempo, no está malgastado. Él me quiere, yo le quiero, aunque seamos de planetas distintos a veces. No hay noche que no levante mi comisura izquierda. No hay mejor manera de que me haga callar que con un beso sabor Londres.
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