Tan solo soy tinta, condenada a morir en el papel, como mueren los primeros copos de nieve del invierno con una tanda de rayos de sol, exhaustos de intentar predominar en el frío. La combinación de psicología y música que condiciona mi estado previo a la empuñadura del hilo de madera y aguja, proyectan la quietud que reposa en mi mente. En el momento de fluir sobre la selecta lámina inmaculada, experimento la sensación de estar comprimida en un eco infinito que impregna los cuatro márgenes del papel, que gélido, yace en la mesa a sabiendas de que conoce que tiene que aguardar a Inspiración. Tan imprevisible como siempre, acecha desde la profundidad de la habitación, y atacará cuando menos lo espere. Durante la prórroga que le ofrezco, mis rizos de carmín sirven de almohada, aunque la paciencia se consume y exaspero. Antítesis de percepciones, monotonía en la habitación, síncopes vehementes que me ahorcan desencadenando coágulos de sílabas desordenadas. Abriendo una grieta en la vena radial de mi muñeca, consigo expulsar un reguero de letras, que conforme desembocan en un mar vacío, van cobrando sentido, aunque aún un tanto ambiguo. Betadine para sellar las marcas de la sangre con la que escribo. Exacerbando mi frustración ante la cuartilla, mi querida me ha dado plantón.
En mi cabeza reina la anarquía, Inspiración no acude a su cita o se desgañita y yo no la oigo, y goteando partes de mí, las ideas se van por el desagüe, junto con el hambre de crear. Ahí fuera llueve, necesito empaparme de mundo. La ropa húmeda a juego con mis ojos, con solo imaginar historias de los transeúntes, la heterogeneidad es la soberana en los barrios. Las mejores crónicas son las que penden de los muros de las calles. Mi mente solo es la estratega que pretende esbozarlas, pero la realidad me mantiene en jaque.

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