Mañana siguiente, café en una mano y tostada en la otra, llego tarde al trabajo así que cojo el teléfono y marco el número de mi oficina: 'Tengo gripe'. Las dos palabras más usadas del resto de la semana. Los bares ahora no están abiertos, una ducha de agua fría sentaría igual de bien que una caliente. La comida está casi lista, me siento a la mesa y arraso con la Lasagna. Termino. Me pongo a ver una película, '50 primeras citas'. Las comedias románticas son mi fuerte. Creo que ya es buena hora para salir de casa, son las 8 p.m. y cojo el metro. Tengo unas ganas sobrenaturales por entrar al bar, pero hoy no beberé. Me está esperando, lo sé. Según entro un café y una nota resposan donde me senté la noche anterior. 'Invita la casa', así que me lo tomé. Hice amago de quitarme el abrigo, y cuando ya me había quitado la primera manga, alguien lo sujetó y estiró de la otra. Me giré, estaba vestido de paisano. 'Hoy es mi día libre' dijo. Le di las gracias por la invitación y salimos a la calle. Quería saber su nombre. Marcus, tenía una voz tan profunda que parecía que hasta le costaba que el aire subiese hasta sus cuerdas vocales. No sé cuánto tiempo estuvimos paseando, pero me tuve que ir a casa. Dormí perfectamente, pero 'seguía con gripe'. Otra tarde más al pub irlandés. Le pedí una cerveza esta vez, aunque la odiaba, el oro de los Dioses me sabía a lava del infierno. A tragos cortos la vida sabe mejor. Hoy me he ido sin avisar, le he dejado una servilleta y mi número de teléfono, no sé si llamará.
Vida Perdida.
Olvídate de Dios, cíñete a lo que conoces.
martes, 15 de enero de 2013
Tragos cortos - Parte I
Besos sabor Londres, frío perpetuo, mejillas rojas, manos inertes, labios cortados. Los pubs irlandeses parecen reproducirse, me meto a uno. Primera copa, el frío va alejándose, poco a poco, pero sigo sin notar las manos, ahora son los hielos de la copa los que me enfrían los dedos. Me quito la gabardina y mi camiseta negra caída por el lado derecho deja ver una estrella tatuada en mi hombro. Mis rizos escarlata caen por la clavícula izquierda. El camarero, un chico joven que está como muy lejos a un metro de mí sostiene un trapo con el que está secando jarras de cerveza, mientras me mira de reojo. Aún estoy poco afectada, se ve todo demasiado claro. Segunda copa, especificando lo que era, llevaba 'no me acuerdo' con 'no sé qué'. Empecé a verlo todo más lento, y se me caían las lágrimas, no sé a santo de qué, llevaba una vida casi completa, pero solo afirmo que la mesa tenía un charco con más líquido del que quedaba en mi vaso, con lo que decidí rellenarlo. Tercera copa, mi vocalización ya era pésima, y notaba los ojos del camarero clavados en mí, constantemente, así que decidí hablarle, o por lo menos intentarlo. Le comenté que si el paso de la gente por su bar no acababa cansándole, seguro que también conocía milles de historias, a pesar de la discreción que él debía guardar, la confianza surgió casi al minuto de empezar a hablar, era como si nos conociésemos de toda la vida. Le conté mi vida, era la que toda persona soltera desea, pero aún así, me sentía vacía. Tenía estudios, trabajo y casa. Pero estaba harta de lo mismo, quería un cambio. Él simplemente me escuchaba y miraba fijamente a mis ojos color miel. Cuarta copa, esta no llegó, me aconsejó que me fuese a casa en metro, que ya recogería el coche mañana. Nada más llegar caí en la cama, rendida y con los ojos hinchados.
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