Sara se dispuso a coger las llaves de la encimera, cuando vio al lado un papel algo arrugado y descolorido por el tiempo, no sabía cómo había llegado a para ahí. Era una carta que hace años encontró en el jardín de la casa de sus padres, cuando era niña. Ahora bien, ella ya emancipada dejó la carta escondida bajo una lama del parquet de su casa. Esa carta iba dirigida a ella, no la reordaba muy bien, pero no le daba buenas vibraciones.
La carta decía algo como que si quería deshacerse de una maldición debería seguir una serie de pasos, descritos más abajo. El primero consistía en romper un espejo un con el filo de uno de los pedazos derramar tres gotas de sangre en un recipiente.
Ella tenía miedo, no sabía si aquello sería verdad o una simple broma del destino.
Decidió dejar la carta en un cajón, tapada con cantidad de trapos y demás utensilios de cocina. Era tarde ya, debía irse a la cama, el trabajo la esperaba al día siguiente. Se puso el pijama, se quitó los calcetines y retirando las sábanas, se metió en la cama. No logró conciliar el sueño, pensaba en la carta, a la vez que miraba al espejo del baño de su habitación, cuando en una de estas, dos ojos blancos, lechosos, cubiertos por una capa de tristeza, emergieron en el espejo. Sara corrió escaleras abajo, huyendo de su visión, demasiado atemorizada como para mirar que detrás de ella, acechaban unos pasos, cansados, que se arrastraban por el pasillo. Cuando los oyó, salió por la puerta de la cocina hacia la casa de sus vecinos, los cuales escandalizados por sus gritos, abrieron la puerta. Entró y relató lo que le había pasado. Incrédulos de sus vecinos que aun dejándola dormir en su salón, se reían de ella, tomándola por loca.
A la mañana siguiente, Sara volvió a su casa, todo era normal, menos una cosa, la carta, volvía a estar en la encimera, de nuevo. Así transcurrieron semanas, meses...
Una de las noches, la última para Sara, se puso frente al espejo, con un cuchillo en la mano, y cuando aquellas dos bolas blancas aparecieron, dispuso la hoja sobre su muñeca y apretó deslizándola. Según caía la sangre al lavabo, aquel "mostruo" iba desvaneciéndose, al igual que el cuerpo de Sara, quedando sin vida, tendido en el suelo. La policía investigó su caso, sin motivos aparentes para el suicidio. La casa se puso en venta, y no tardaron en comprarla, su precio era asequible. Se trataba de una pareja de jóvnes, una pareja de hecho, a punto de casarse. Parecían felices.
Tras su primera noche allí, la carta reapareció en la encimera, todo había vuelto a empezar...