Vida Perdida.

Olvídate de Dios, cíñete a lo que conoces.

domingo, 20 de enero de 2013

El Salto del Ángel.

Ya no le quedaba estómago para esto, las mariposas que un día permanecieron allí, aletargadas, se habían podrido hace ya tiempo. Vivía en un invierno constante, donde el frío y el vacío la completaban a escasos milímetros de la muerte diaria. Los mares se le habían quedado pequeños mientras yacía en las esquinas, e intentaba, de manera improbable, dejar de oír al mundo y escuchar a los hielos de su vaso, que seguramente tendrían mucho más que decirle. La controversia que creaba su caso en ella misma, eran laberintos de agonía para sus neuronas, con batería casi al cero por ciento. Sobre las vías ya solo quedaban hileras de pensamientos y sensaciones que dormirían eternamente. Lo que un día eran susurros junto a la almohada, otros eran desgarros de garganta, que terminaba en carne viva y rojo fuego, que no pasión. Los estigmas de dolor que se posicionaban estratégicamente en su cuerpo, le daban señales de alerta frente a las aberraciones que en su casa, más parecido a una celda, se sucedían.
Era una condena de cadena perpetua, algo a lo que por miedo a escapar, acabase siendo peor el remedio que la enfermedad. Ella solo escuchaba, más bien le reventaban los tímpanos, pero hacía por escuchar cada vez que se abría la puerta del piso. La supeditación que ella tenía hacia él, era un lastre más a este desastre. Sin trabajo, sin dinero, solo con vida, o ni eso, constantes vitales. Respirar, comer (poco) y no dormir. Hablar hasta se le había olvidado y ya no le hacía falta pensar. Actuaba conforme a las órdenes que recibía. Ahora con 23 años, y 15 más de la carga anterior, su hogar sí que es una cárcel, y no en sentido figurado, sino literal.

Por culpa de un filo plateado con empuñadura de marfil, llamado comúnmente como daga, se le asignó una condena de 3 años por ser en defensa propia, le quedan 2 para ser libre. Solo sueña con poder volver a andar más de un kilómetro en línea recta sin toparse con paredes o agresores. Los nervios aprietan, lo sabe, pero la paciencia es lo único que le queda en este momento. Nueva vida con anhelos de libertad.

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