Era una condena de cadena perpetua, algo a lo que por miedo a escapar, acabase siendo peor el remedio que la enfermedad. Ella solo escuchaba, más bien le reventaban los tímpanos, pero hacía por escuchar cada vez que se abría la puerta del piso. La supeditación que ella tenía hacia él, era un lastre más a este desastre. Sin trabajo, sin dinero, solo con vida, o ni eso, constantes vitales. Respirar, comer (poco) y no dormir. Hablar hasta se le había olvidado y ya no le hacía falta pensar. Actuaba conforme a las órdenes que recibía. Ahora con 23 años, y 15 más de la carga anterior, su hogar sí que es una cárcel, y no en sentido figurado, sino literal.Por culpa de un filo plateado con empuñadura de marfil, llamado comúnmente como daga, se le asignó una condena de 3 años por ser en defensa propia, le quedan 2 para ser libre. Solo sueña con poder volver a andar más de un kilómetro en línea recta sin toparse con paredes o agresores. Los nervios aprietan, lo sabe, pero la paciencia es lo único que le queda en este momento. Nueva vida con anhelos de libertad.
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