Salí de la horda de gente que llenaba los pasillos del mercado y caminé en línea recta. Uno de los puestos de flores, me llamo muchísimo la atención, algo me decía que allí tenía algo que comprar, y así era, las rosas, más rojas, de un color incandescente, que podría haber visto nunca. Me llevé una docena, seguro que a ella le encantarían, después de todo, no todos los días llegas a cumplir 10 años...
Caminé por calles de cuento, aquellas que conocía como la palma de mi mano, hasta llegar a la playa de la Barceloneta, donde nos habíamos citado a las 3 de la tarde. Me sente en la grava cercana al mar, estaba en calma, e incluso había niños jugando en el agua. Pasaron las horas, no había señas de ella, y decidí llamarla. Su móvil estaba apagado. Recogí el ramo de la arena, me calcé y fui camino a casa. Antes de entrar al portal, miro el Sex Shop de en frente de mi casa, está lleno de damas de compañía y siempre habría pensado quién sería el hombre que pagaría por obtener un poco de sexo. Salí de mis pensamientos, un tanto eróticos y subí las escaleras, hasta el 4º piso. Saqué la llave del bolsillo y entre en la casa, mirando al techo, era la primera vez que me fijaba en que tenía una inmensa altura. Continué cabizbajo hasta mi dormitorio y cuando abrí la puerta, mi corazón quedó congelado, y las rosas cayeron al suelo rompiendose en miles de trozos, como si cristal fuera. Tras 10 años de espera, la caja con el anillo aún seguía en mi bolsillo.