Vida Perdida.

Olvídate de Dios, cíñete a lo que conoces.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Firmado: Yo


Me detuve frente a él, cerré los ojos y para cuando me quise dar cuenta, habían pasado ya diez años, podríamos no ser los de antes, pero sí éramos los mismos, ya adultos, con otras ideas, tanto de presente como de futuro, pero un futuro en el que ninguno formaba parte de ninguno.

Era Diciembre, hacía frío, yo necesitaba calor, calor que él ya no aportaba. Necesitaba un pecho ajeno en el que poder descansar mejor y reconfortarme. Ahora dolía. Dolía y un sabor amargo yacía en mi boca. Desde mis ojos se arrojaban cristales, de bohemia, tan delicados como el rocío, pero igual de cortantes. Mi cama había soportado madrugadas aderezadas con mi planto, en las que el pecho me ardía y el aire escaseaba. estancándose antes de poder aspirarlo. Pasaban los días, pero a cada día carecía de más valor para concluir la patraña.

Era todo frío, seco, sin la típica pasión de dos jóvenes, jóvenes que creían estar locamente enamorados, aunque estaban locos por zanjarlo. Pero ninguno daba el paso. Yo esperaba que diera su brazo a torcer, ya que yo me lo rompí por él, el corazón, ya cansado de latir. Fui yo, la que con más de mil motivos por ausencias tuve que comenzar. Le dije que aquello no marchaba, que la batería se había agotado hace tiempo ya, que el hielo se había interpuesto entre nosotros, dejándonos inertes e insensibles ante la rutina y el tiempo. Era mejor pararlo ahí, dejar el puzzle sin completar ya que ni yo poseía sus piezas, ni él las mías.

Había visto un par de películas sola, en casa, y su figura no era necesaria en mi sofá, y una de ellas me habló, me dijo algo, afirmó que lo más bonito que te puede pasar en la vida es que ames y seas correspondido. Tuve que dejarle, yo le quise, pero nunca llegué a amarle.

Estábamos en el parque, y al tiempo de soltarle esto, se encendió un cigarrillo previamente sacado de su pitillera plateada, se abrochó su chaqueta de lana, se despeinó, se puso el gorro y sin dirigirme la palabra ni la mirada, se fundió con la noche entre las farolas hacia no sé dónde. Sólo un crío fue testigo irreverente de mi cara, totalmente paralizada. Ya no sé nada de él, me dicen que le han visto por la calle y que le va bien, pero no sé nada a fin de cuentas.

A día de hoy le echo de menos, claro que sí, fue parte de mi pasado. Pero mi presente ahora es muy diferente. Encontré el amor, lo encontré en ti, lector de esta carta, en la música, y como no, lo encontré en otro hombre, el que me dio el placer de poder escuchar con mis propios oídos la palabra 'mamá'.

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