Vida Perdida.

Olvídate de Dios, cíñete a lo que conoces.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Escapas por cada poro de mi cuerpo.

Suspiro. Dejando entrever una pequeña lágrima que cae lentamente por mi mejilla. Cuando me quiero dar cuenta, observo que mi cuaderno está encharcado, y la tinta, mezclada con dolor, serpentea por el filo de la hoja, cual gota de sangre en la espada de un guerrero. Tuve que pararme a pensar en por qué supuraba tal cantidad de tristeza. Recordé, y solamente veía en mi subconsciente que algo me empujaba a no dejar a un lado mi llanto, era alguien, a quien de primeras no conocía, además estaba lejos, sus rasgos faciales no se distinguían a penas. A medida que me iba acercando a ese ente que aún desconocía, me percaté de su pálida tez, sus rasgos finos, como una muñeca de porcelana. Era la perfección personificada. Me tomó de la mano, conduciéndome hacia un lugar inmensamente extraño. Según llegábamos a una puerta, de hierro, forjado, la mujer me susurraba al oído: "Tenemos que enseñarte una cosa". ¿Tenemos? ¿Qué quería decir, había más como ella? Al llegar a la puerta, pronunció unas palabras, en un idioma que yo, desconocía por completo. Y cuando las puertas se abrieron, descubrí que allí estaba, siendo torturado, con grilletes en pies y manos, tratado cual perro. Fui corriendo a intentar rescatarle, pero una fuerza sobrenatural no me dejaba ponerle las manos encima. Tenía que pensar un plan, le quedaban pocos minutos para ser sacrificado. De repente, tras un hervidero de ideas en mi cabeza, cogí la más adecuada. Al principio, aquel ser, me dijo que podría tomar distintas formas. Escogí la de un ángel, y con ella acerté. Pude llegar hasta él, a duras penas, pero llegué. Le quité las cadenas, y se desplomó sobre mis piernas. No se movía, su corazón se ralentizaba poco a poco, hasta que en un instante, dejó de latir. Ya no tenía esperanzas de que sobreviviera, ni un ápice... Le di un beso, uno tierno, y dulce, por si todavía podía sentirlo. Abrazada a él, su corazón daba de nuevo señales de vida, y su halo tenía más brillo que nunca. Le tomé la mano, y sin decir palabra le besé. De sus labios escapaba una frase de agradecimiento, y en mis ojos derramaban felicidad. Sabía que le quería, que era mi persona especial, y yo su ángel de la guarda, que siempre estaría ahí para protegerle.

Volví a la realidad, y descubrí mi cuaderno más encharcado aún, pero esta vez no de tristeza, sino de felicidad. Algo incontrolable que se escapaba por cada poro de mi cuerpo.

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